Cuaderno de bitácora: 010

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No fue mi marido, ni un psiquiatra, ni una amiga. Ni las miradas de lástima y estupor de las cajeras del supermercado las que me impulsaron de vuelta hacia mí misma.

Unos vasos de whisky vacíos con huellas de carmín, un número de teléfono y justo en la parte superior el titular “Desaparecidas”.

No recuerdo el tiempo que estuve mirando aquel cartel publicitario. Nadie había expresado tanto con tan poco.

Desaparecida de la sociedad, del trabajo, de la familia, de las amistades, de la realidad. Desaparecida de mí. Invisible, sentada en una silla en la cocina bebiendo sin parar y sin parar de beber.

Anestesiada, evadida, hundida y muda salvo para conseguir mi dosis diaria de alcohol.

Ni las sonrisas de mi pequeño hijo ni el recuerdo del pasado luminoso que un día fue me sacaban de este abismo en el que me hallaba sumergida.

¿Qué pasaba en mi interior? ¿Cuándo comenzó? ¿Por qué? Y sobre todo ¿Por qué yo?

Demasiadas preguntas sin respuesta mientras volvía a mí una y otra vez la voz “Desaparecidas, desaparecidas…”

Y lo hice. Pedí ayuda. Sin saber, a ciegas. Encomendándome a lo desconocido.

Con el teléfono temblándome entre las manos marqué ese número de tres cifras.

Las consecuencias de este simple gesto han sido incalculables. De repente en mi interior y en el exterior se puso en marcha el engranaje que potenció mi transformación. Y aquí estoy, ahora sentada en la misma silla de la misma cocina y escribiendo mí historia.

Relajada, ilusionada, motivada, alegre, sorprendida si cabe de haber dado este giro a mi vida. Sobria y feliz. Amante de la vida que un día perdí.

¿Qué ha acontecido durante estos últimos meses para que pueda volver a respirar genuinamente?

Echo la vista atrás y rememoro las dificultades de los primeros días. El síndrome de abstinencia, primer paso imprescindible en la deshabituación del alcohol. No estuve sola. Un gran equipo de salud mental y los cuidados amorosos de mi compañero se aliaron para que superara con éxito esta etapa.

Sin embargo aún me quedaba mucho trabajo por realizar. Beber era el síntoma visible de algo más profundo. De heridas sin cicatrizar, de emociones y sentimientos mal gestionados, de luchas internas, de duelos abandonados.

¿Por dónde empezar? ¿A dónde acudir?

Me sugirieron que me presentara en una fundación dedicada a la prevención y tratamiento de drogodependencias, el cual desarrolla un método de intervención, basado en la filosofía humanista, que consiste en identificar las causas que me inducen a la adicción y trabajar desde un marco terapéutico-educativo, para lograr que recupere mi autonomía, el sentido de responsabilidad con mi propia vida y el entorno y la capacidad para tomar decisiones.

Hombres y mujeres en mi misma situación y con verdaderas ganas por salir de su pozo oscuro y una brillante aclaración: es una enfermedad.

Ahora sabía a lo que me enfrentaba. Podía sanar. Debía sanar. Y me puse en sus manos como un náufrago se aferra a una tabla en medio del mar.

Enseguida comencé la terapia con entrevistas con profesionales; con mis queridos compañeros en grupos de autoayuda y participando activamente en talleres de inteligencia emocional, habilidades sociales, comunicación asertiva…

Gracias. Mil gracias.

En esta madrugada paladeo una vida equilibrada, sencilla, optimista y feliz. Un número de tres cifras cambio mi vida.

Sin embargo no puedo dejar de pensar en tantas desaparecidas. Rostros anónimos, vencidos, escondidos. Deseo su visibilidad. Salid. No estáis olvidadas. ¡Volved!

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    Autor:Proyecto Hombre Valladolid - Fundación Aldaba

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